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De Quimeras y Ensoñaciones

Azul, Blanca y Rosa.


Tenía dos pasiones.
Azul, Blanca y Rosa.
Las motos y las mujeres, y no precisamente por este orden.
Blanca, Rosa y Azul.
Tenía una mujer que le quería y otra a la quería él.
Rosa, Blanca y Azul.

Decía que podía ir de Huelva a Girona ó de Almería a A Coruña, por caminos, trochas, rodadas y sendas, sin tomar ninguna ruta de asfalto, salvo para repostar combustible para la moto ó para él. .
Se había casado con Blanca cuando contaba apenas dieciocho años y ahora tenía veinticinco.
Estaba enamorado de Rosa desde hacía cinco meses, de forma apasionada y arrebatadora.
Su esposa era Blanca y su amante Rosa.

Su moto, con la que practicaba sus entrenamiento y sus pruebas, preparatorias para su sexto campeonato de España de enduro, era de color Azul, y la gente del circuito motero le habían apodado la Ardilla Azul, por similitud - a sus continuas retóricas en atravesar España usando solo caminos sin asfaltar - con la de la leyenda aquella que narra como una ardilla era capaz de cruzar el país de Norte a Sur, sin descender de los árboles.

La amante, Rosa, era la mujer perfecta en todo, belleza, inteligencia, simpatía, carisma, don de gentes, y ello le había servido para hacerse estimada y respetada, muy popular, hasta el extremo de haber conquistado el mundo del celuloide por su talento, alegría y espontaneidad, una estrella del cine nacional, en ciernes de dar el salto para cruzar el charco y conquistar Hollywood.

La Ardilla Azul decía que era imposible que los del SERPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) le pillasen alguna vez, y para aseverar esto, cuando circulaba por cañadas reales ó caminos prohibidos a su moto, destornillaba la placa de la matrícula y la guardaba a reguardo de la posible vista de los del SERPRONA, porque decía que pillarle, persiguiéndole, nunca lo harían, con esos “hierros” de motos que se gastaba la guardia civil. Y si en alguna rara ocasión le parasen en una “emboscada”, pillándole infraganti, en una senda prohibida y no pudiese huir, simplemente argumentaba que el tornillo que sujetaba la matrícula había saltado y para no perder la placa, la había guardado. Aunque esto no le librara de la sanción, al menos no la incrementaría.

Blanca, la esposa, era una mujer enamorada, cariñosa, dulce, sencilla, enfermera de una clínica privada, sin más pretensiones ni aspavientos que vivir el día al día y viajar siempre que le era posible, acompañando a su marido cuando este disputaba competiciones lejos de casa.

Azul conoció a su amante, Rosa, después de la prueba de los Seis Días Internacionales (ISDT, International Six Days Trial), aquella prueba que le encumbró al éxito del reducido circo motero del enduro, al resultar vencedor, y gracias a la cual, le ofrecieron un acuerdo para rodar un spot publicitario para una marca de motocicletas; realmente más que rodar el spot, su trabajo consistía en enseñar a Rosa a mantenerse de pié en una moto, y él, solo -esta vez sin la compañía de Blanca por motivos laborales- y lejos de casa, se dejo llevar por el encanto y atractivo de aquella mujer, con la que empezó a vivir un romance intensamente apasionado, irresistible.

Ese romance supuso el primer y único deterioro en las relaciones entre Blanca y Azul. Las mujeres, por naturaleza, suelen darse cuenta de estas cosas, y Blanca lo hizo. Azul había cambiado, no era el mismo, estaba taciturno con ella, ausente, culpable e intuyó que algo pasaba y no le fue muy difícil averiguar que había una segunda mujer.
A pesar de que eso le hizo mucho daño, se propuso que ella lucharía lo indecible por no perderle.

Estaba enamorada de él como el primer día.

Empezaron las peleas y los enfados.
Azul estaba atrapado entre dos mujeres, igual que Richard Gere en su película, entre dos mujeres que veían la vida de forma diferente, entre el cariño y la pasión, entre la serenidad y la belleza, entre el amor y el delirio, entre la candidez y el frenesí, en fin, entre el calor del hogar y el fuego idolatrado.
Su intento de buscar la felicidad estaba haciendo mucho daño a otras personas.

Y llegó un día en que debió decidir.

La amante, Rosa, le dijo a Azul que su representante le había conseguido un maravilloso contrato por un año en Norteamérica, en una exitosa serie de televisión, y no podía renunciar a la mejor oportunidad de su vida.
Partiría hacía los Estados Unidos en tres semanas.
Le dijo a Azul que quería que le acompañase.

Y él no supo que hacer, no lo supo hasta el último día, porque tenía miedo y se sentía confuso, errático, dubitativo. Durante esas tres semanas, permaneció mas tiempo sobre su moto, -perdido en el campo, para no meditar, para no pensar, alejado de todo- que con sus dos mujeres.

Pero el último día lo supo, y decidió seguir a Rosa.

Y fue cobarde y no pudo decirle nada a Blanca, su mujer, cara a cara, no podía mirarla a los ojos y decirle que la abandonaba .

Montó en su moto, y camino del aeropuerto, pensó en Blanca, no podía irse sin decirle nada, paró en una gasolinera de carretera, donde compró un sobre y le escribió una carta, una carta de despedida y de perdón, en ella le decía que no podían seguir juntos y que se marchaba a Norteamérica con Rosa, de la que estaba enamorada. Guardó la carta en su mochila y partió en su moto hacia el aeropuerto esperando encontrar un estanco para comprar un sello y un buzón de correos.

Un conductor borracho le arrolló antes de que pudiera echar la carta al correo, la cual se perdió en el olvido para siempre.

Hoy, Blanca y Azul, viven juntos en otra ciudad, él, tetrapléjico, en silla de ruedas, forma parte de un proyecto de investigación sobre un ensayo clínico del Hospital nacional de parapléjicos de Toledo, ella logró una plaza como personal sanitario en dicho hospital, donde forma parte como ayudante fisioterapeuta del equipo de investigación.

Rosa partió hacia América, donde encontró fama y gloria y nunca se preocupó, pasados los primeros días de enojo y frustración, de la vida o muerte de Azul. Y de tarde en tarde, Blanca y Azul contemplaban en la pequeña pantalla y en las revistas del corazón los “affaire” de la futura diva del celuloide.

Parte del relato está basado en la película Entre dos mujeres, de 1994, de la Paramount, del director Mark Rydell, con la actuación de : David Selby, Lolita Davidovich, Martin Landau, Patricia Harras, Richard Gere, Scott Bellis, Sharon Stone.

Pilar

Pilar

Pilar en el día de su boda.

Alzheimer

No sabía quien era Ricky Martín, ni acaso le importaba un bledo, pero se divertían con ella cuando, al pasear, le tarareaban aquella canción suya, cuyo estribillo bailaba y cantaba a su modo:
Un…, dos…, tres….
Un pasito pa' lante María;
Un…, dos…, tres….
Un pasito pa' atras
Y juntitos los tres, agarrados del brazo, con ella al centro, al son del tarareo, del canturreo de esa pegadiza sonatina, levantaba las piernas en formación militar, infantilmente, graciosa, alegre, divertida, jocosamente feliz, dando saltitos despreocupada, sin pensar, ay, sin pensar, en una posible caída y lo que es peor, una rotura de cadera, tan frecuentes a su edad.
¡Qué trío de dicharacheros!

Una enfermedad de nombre maldito se coló por las rendijas del alma y como ésta nadie sabe donde está, decidió darse a conocer e instalarse en todo lo alto, y muy, muy profundamente enraizada, tan profundamente que ni el más afilado bisturí pudiese llegar a sajarla, y de un enraizamiento tal que produjo cepas de la misma calaña, todo un linaje para maldecir su propia casta, su propia sangre contaminada, sus genes mutados, sus cromosomas malamente diseñados por un artista del absurdo, por un artista del olvido, por un arquitecto cuyos bloques se van desmoronando con el paso del tiempo, van perdiendo poco a poco la argamasa que los unió y los mantenía lúcidos. Por un pintor en cuyos lienzos la pintura se va derritiendo cual cascada helada en primavera, y va manchando todo el cuadro hasta dejarlo emborronado, anegado de manchas, perdiendo, perdiendo recuerdos y conocimientos. Si.
Y la bruja mala le dijo, cuando despiertes, no recordarás nada. Y volverás a la infancia y tus últimos recuerdos, los últimos que perderás serán los primeros que llegaste a aprender, luego, nada, cero, un universo de nimiedad, de vacío, de olvido, de recuerdos abandonados, de muerte, de muerte en vida.

¡A la porra con la vida! ¡A la porra!

Y acabarás tumbada en una cama, rodeada de extraños, y no serás nada.
Serás un tétrico vegetal, un vegetal nada más, un vegetal lúgubre, luctuoso, sombrío, sin luz en la mirada, enteramente vacío, un pedazito de carne al que hubiesen robado unos malnacidos cleptómanos las entrañas, expoliándote los entresijos, despojándote las vísceras, escamoteándote tu interior, tu esencia misma, tu temperamento innato, hurtándote visceralmente la vida, rebajándola, estrangulándola, disminuyéndola, menoscabando tu integridad, tu yo, tu ser, tu naturaleza misma, para dejar de ser Tú.

Este es mi testamento…, si algún día, algún día ocurriese, cuando ya no os reconozca, y deje de ser Yo, no me encerréis entre locos ni entre viejos, ni me visitéis en asepticos hospitales llevándome flores. Practicadme la Eutanasia. Es mi última palabra, respetadla, y dejad las flores para la tumba del cementerio.

El amor soñado

Hace muchos años, en formato cómic, leí una historieta, recuerdo que me encantó, lo que no recuerdo es su contenido íntegro, basándome en esos recuerdos cuento este relato.


El amor soñado

Era un dibujante de cómic que malvivía de un mal pagado trabajo. La Editorial para la que trabajaba de forma esporádica, le encargó una historieta a desarrollar en varios capítulos, tendría trabajo para seis meses, no era mucho, pero al menos podría pagar el alquiler de aquella pensión cochambrosa en la que pasaba sus largas horas.

Recibió el guión del primer capítulo por correo certificado, inicialmente serían 24, uno por semana, y tenía que dibujar sus personajes conforme al guión. No era complicado, dibujaría las viñetas de aquella historia como tantas veces lo había hecho con otras, sin mucha pasión, pero centrándose en ella, era un perfeccionista, y el boceto de sus personajes, el encontrar el modelo, la musa que inspirase cada rostro, era sin embargo su mayor desesperación; nna vez encontrado, todo rodaba sin obstáculos, pero hasta llegar a dar el paso inicial y encontrar sus personajes transcurrían no pocos ímprobos esfuerzos.

Según el guión, la protagonista debía ser una mujer esbelta, escultural, con muchas curvas, rubia, de piernas torneadas, deportista, bella, inteligente, seductora. – Vaya- pensó el dibujante- el ideal de todo hombre -, una heroína de novela metida en mil aventuras y avatares a cual más intensa y trepidante.
El título de la tira de cómic se titulaba “El Amor soñado”

– ¡Qué cursilada de título! – caviló el dibujante, - la Editorial debería cambiar de guionista, cada vez eran peores –

En el capítulo primero la protagonista se entrevista con un misterioso hombre en un tugurio, una cafetería, donde le hace entrega de un sobre cuyo contenido parecen ser instrucciones secretas para localizar algo o a alguien.
El dibujante sabe lo que tiene que hacer, buscar unos personajes a dibujar, podría usar algunas de sus caricaturas que ya habían sido publicado en otras publicaciones, pero no lo considera muy ético, y buscar unos exteriores donde transcurra la historia . Todavía no ha desayunado, se arreglará mínimamente y saldrá a la calle a buscar, a inspirarse, entrará en un bar, se sentará en una mesa, colocará sus lápices encima y dibujará su primera viñeta mientras bebe un café muy cargado y desayuna unos bollos. Tiene suerte, hay una única mesa vacía con dos sillas. Mientras sorbe el café, cierra los ojos un instante para deleitarse con su sabor, paladeándolo, y al abrirlos, una mujer, delante de él, le pregunta si la silla está ocupada, y si se puede sentar. Es bella y rubia. ¡Aja! . ¡Perfecto! . Él la miró embelesado. Durante cinco minutos ambos se entablan en una conversación insustancial, intranscendente, mezclada con silencios y al final, cuando ella decide partir, después de fumar un cigarillo y lanzar sus bocanadas de humo, complacientemente al vacío, sobre la puerta del bar, el dibujante le pregunta gritando si podría utilizar su rostro para la historieta en la que está trabajando. Ella sonríe y desaparece.

Las viñetas de la historia se van trazando sobre el papel, él, con su personaje ya definido, las garabatea con trazos firmes y la ficción ha empezado. En sus dibujos, en el capítulo primero del cómic, ella está de ensueño, preciosa, fumando un cigarillo mientras un misterioso hombre le hace entrega de un sobre con una fotografía de una mujer desaparecida, de parecido increíble al suyo, a la que debe encontrar.
Al regresar a su pensión encuentra en su buzón un sobre con la fotografía de la mujer de la cafetería. – Es extraño – articuló entre titubeos el dibujante- No recuerdo haberle dado la dirección. Lo habré olvidado. Esto solo puede indicar que no le importa que la use a ella como modelo para el personaje central de la historia.

El segundo episodio del relato se desarrolla en una biblioteca. Beatriz, que es el nombre que el guionista ha puesto a la protagonista, ha de encontrar las claves necesarias para seguir su investigación del caso. El dibujante coge el guión y esta vez decide ir a una biblioteca a trabajar. Está casi vacía. Se sienta en una esquina desde donde abarca toda la sala, su perspectiva es diáfana y va trazando líneas sobre el papel, dibujando, embobado, borracho de figuras. Cuando levanta la vista para tomar referencias, queda atónito al contemplar a la mujer de la cafetería que ojea los títulos impresos en los lomos de los libros apilados en las estanterías, sobre los anaqueles.
Es extraño, no la había visto hasta entonces y era empíricamente imposible que esto ocurriese, -adujo el dibujante- tendría que haberla visto entrar, la visión desde aquí es plena, y sin embargo ahora está justo delante, de espaldas, debe haber una lógica, he debido de estar tan enfrascado en mi trabajo que he perdido el sentido del tiempo y del espacio y ella habrá franqueado el pasillo de forma evasiva para mi.
Con la mayor ingenuidad del mundo, unos lápices empezaron a resbalar por su mesa y al oír el ruido de estos al caer al suelo, audibles en medio de aquel silencio, ella se vuelve y observa al dibujante que le saluda con la mano mientras le grita para llamar su atención. Ella se acerca, avergonzada, al escuchar que alguien les increpa pidiendo silencio, se saludan dándose un beso en la mejilla y él la invita a sentarse a su lado. Solo un minuto, ella no tiene tiempo. El dibujante le enseña el primer capítulo de la historia, aún no publicado, pero que duerme ya en las imprentas de la editorial, en la fotocomposición, en las rotativas del semanal. Al verlo, ella se sorprende, levemente turbada ¡Su caricatura es tan real! . Es curioso, - dictamina ella muy digna- mi nombre también es Beatriz y no recuerdo habértelo dicho. El dibujante le aclara que él tan solo dibuja los personajes, que el desarrollo de la historia lo escribe un guionista que es quien ha elegido bautizar a su dibujo con su propio nombre, él no ha tenido nada que ver con ello.
He de irme, se me hace tarde. Y ella vuelve a desaparecer.

En el tercer capítulo del guión, Beatriz conoce a un hombre que la salva de morir frente a un intento de atropello premeditado. Esta vez, el dibujante no necesita salir a la calle, desde la ventana de su habitación puede ver el escenario a pintar, la calle repleta de coches circulando en ambos sentidos, pero ha de encontrar a un personaje masculino. ¿Qué tal él mismo? ¿Por qué no? Nunca lo había hecho, pero por probarlo, no, no, no iba a resultar. ¿O tal vez si?. Adelante. Dibujemos. Cuando mira por la ventana, sorprendido, reconoce a Beatriz. Deja sus lápices sobre la mesa y sale corriendo a su encuentro. Ella está allí, parada, como esperándole. Se saludan, se besan y esta vez quedan en verse en algún lugar, las coincidencias no se suelen repetir más de dos veces, así pues lo mejor es forzarlas y un encuentro, una cita es una forma de hacerlo, mejor, es una forma de transformar las coincidencias en realidades tangibles.

El dibujante, esa tarde recibió una llamada del editor, al parecer, la historia había gustado, se había vendido muy bien, y le felicitaba por el excelente trabajo que estaba realizando, sus dibujos eran buenos, mejor que eso, parecían reales, vivos, si el segundo capítulo tenía la misma aceptación, era posible que hiciesen una tirada doble, una segunda edición, con el tercero. – Y eso que el guión no vale nada – reflexionó el dibujante-

Durante el cuarto capítulo, Beatriz, después de vivir una serie de aventuras, cae enferma. El dibujante trabaja en el cuarto de su habitación sobre dichas escenas, cuando recibe una llamada telefónica, es ella, disculpándose, no puede acudir a la cita, al parecer se encuentra algo indispuesta.
Demasiadas coincidencias. No. Imposible. Beatriz es real y el guionista de la historia es tan solo un malísimo escritor de folletines. Unicamente son coincidencias. No debo pensar en fantasmas. Beatriz es real, y muy hermosa, por cierto. Su mente estaba empezando a elaborar una compleja teoría con los elementos repetitivos de aquella historia.

El dibujante no esperó recibir el quinto capítulo, se acercó por la editorial, quería conocer al guionista, en él podría encontrar una explicación a sus reflexiones y dudas. Era un hombre bajito, con gafas, poco pelo, más bien feo y que le recibió con cara de pocos amigos, no tenía nada de particular ni de misterioso, bueno, si, un muy mal genio y un carácter muy agrio. Le miraba por encima de las gafas mientras ojeaba el guión, enarcando maliciosamente las cejas y se le antojó que le trataba con tal falta de respeto que le dejó perplejo. Era un hombre sencillamente vulgar, gris y anodino.
Beatriz no aparecía en este capítulo. El guionista la había dejado recuperándose en un hospital y eran los demás personajes los que formaban parte de la historia.
Y Beatriz, la real, desapareció de su vida durante esa semana. No contestaba a sus llamadas. ¿Dónde diablos estaría? ¿Habría decidido salir de su vida?. Tampoco era tan insólito, únicamente habían coincidido tres veces y nunca más de diez minutos. ¿Por qué, sin embargo, no podía dejar de pensar en ella?

En la Editorial habían recibido invitaciones para una fiesta privada que se celebraba con motivo de los esponsales de dos ilustres personajes, y con motivo de ello, el guionista había desarrollado el sexto capítulo en una lujosa mansión, junto con el guión, el dibujante recibió la invitación para cubrir el evento, ahora tenía dos trabajos, hacer algunos retratos de los personajes que asistirían a la fiesta y que a su vez podría utilizar para su historia.
Tendría que haberle extrañado, pero no lo hizo, Beatriz estaba allí, de pie, encantadoramente real, luciendo un elegante vestido. Tenía lazos familiares, según dijo, con uno de los recién casados. Y cual el cuento de cenicienta, bailaron juntos hasta el anochecer en una velada inolvidable.
Cuando despertó al día siguiente, creyó que había sido un sueño, no porque lo hubiese soñado, sino porque hacía mucho tiempo que no había disfrutaba tanto, que no sentía unas sensaciones tan especiales y con sus recuerdos aun tan frescos, dibujó su sexta historia.

Con el séptimo guión recibió un cheque doble, la historia parecía ser un éxito de ventas. En este nuevo episodio la heroína se enamoraba del coprotagonista, al dibujante le encantó este capítulo, tendría que dibujar a sus dos personajes, Beatriz y a él mismo, enamorados, ya no pensaba que el guionista fuese un inútil, y decidió visitarle en la redacción, llevarle la historieta personalmente y preguntarle por el nuevo capítulo. El guionista seguía siendo el mismo de siempre, seco y agrio, aunque al dibujante le pareció más simpático ese día a pesar de su hosquedad y desaprobación, a pesar de su negativa reiterada en anticiparle la más mínima información acerca del siguiente capítulo. Y en su vida real, había algo que se empezaba a apartar de la historia dibujada, no era Beatriz quien se enamoraba, era él quien lo hacía. Durante esa semana compartieron juntos muchas cosas, su compañía, sus paseos, sus cenas, sus besos, una rosa, una caricia, unas risas, el cine, los cafés, un concierto de música pop, el teatro, las miradas, ternura, simpatía y el amor. Y a pesar de estar tanto tiempo juntos, de pasar tantos momentos a su lado, a pesar de ello, el dibujante no había caído en la cuenta de que no sabía realmente nada de Beatriz, no sabía quién era esa chica tan extraña que aparecía en su vida a ritmo de pinceladas y que a ritmo de pinceladas igualmente desaparecía y le hacía sentirse tan feliz.

El octavo guión llegó. Un poco decepcionado, masculló algunas palabras groseras. Beatriz tenía que enfrentarse a una casa en llamas, donde salvaría a un niño, no sin sufrir quemaduras en ambos brazos ¿Dónde buscar un modelo para los exteriores en esta historia? ¡No iba a incendiar una casa para inspirarse! Y pensó en buscar alguna película donde una casa ardiera. No le gustó mucho su octava historia cuando la vio terminada. Esta vez no le apetecía entregarla en mano en la Editorial, la envió por correo certificado. Esa noche, cuando a su lado, Beatriz, la real, compartía su cama con él, parecía cansada, y el dibujante, al verle ambos brazos con llagas le preguntó que le había ocurrido. No es nada, contestó ella, ha sido cocinando, no suelo hacerlo, pero hoy me he metido en la cocina y ya ves, me he quemado, el aceite me ha saltado a los brazos. No obstante,- pensó el dibujante-, ¿en los dos brazos? .Tenía que haber algo más pero no quiso darle importancia. Beatriz seguía a su lado y sus razonamientos eran elocuentes y convincentes, no había razón para dudar, para ser escéptico.

En el noveno capítulo, el guión es anodino, como destacable, el hecho que un perro pastor belga, ataca a Beatriz y ella logra huir indemne. El dibujante termina su historia y esa noche, Beatriz, aparece llevando de la correa a un perro, un pastor alemán joven. - Sabía que algo así iba a suceder- le dijo sonriente el dibujante a Beatriz- Ella no le entendió, le explicó que lo había encontrado en la calle, abandonado, y lo había llevado al veterinario y al recordar que él le había mencionado que su novena historia versaba sobre un perro por ello lo había llevado con ella, para que le sirviese de modelo. El dibujante le contestó que él nunca le había hablado del noveno capítulo. Ella le dijo que si, que quizá no lo recordase, pero si habían hablado de él.

Beatriz es real, se dijo el dibujante, es real. Y todo lo demás no son más que casualidades. Tenía que terminar con esa odiosa sensación de inseguridad.

El décimo capítulo llegó con puntualidad la décima semana. Beatriz, esquiando, terminaba con un fatídico esguince de tobillo que la obligaba a llevar muletas. – El guionista vuelve a sus andadas, con sus historietas insustanciales – sentenció con un reproche el dibujante.
Es Probable que Beatriz aparezca con el pie escayolado diciendo que se lo torció al bajar unas escaleras, presupuso maquinalmente, en tal caso, dejaré de pensar que todo esto no es más que una coincidencia.
Cuando terminó de dibujar, se levantó, resbaló sobre uno de los lápices que había caído al suelo, con tan mala fortuna que su pie se dobló. Es un esguince de tobillo, dictaminó el médico.

Durante esa semana, Beatriz le acompañó a la redacción, sirviéndole en parte de bastón de apoyo, allá conoció al guionista, un mediocre hombrecillo, pero quien le llamó la atención fue el Editor, era un hombre amable que le halagó hasta hacerla sacar los colores, diciendo que ella había sido la única responsable del éxito de ventas de la historia. Su cara era ya un símbolo, una bandera de libertad, un aire fresco y era la plasmación de su figura en los dibujos la que le había dado alas a la historia.
El dibujante estaba contento. Su editor había conocido a Beatriz, la real, por lo tanto no era un sueño, no era un fantasma. Todo lo pasado anteriormente había sido unas increíbles coincidencias.
El Editor en persona les entregó el guión de la undécima historia y le contó que versaba sobre como la heroína triunfaba en su misión, encontrando a la mujer secuestrada que el hombre misterioso le entregara en un sobre en el primer capítulo. Eso era todo. El triunfo.

El dibujante trabajó con entusiasmo en aquella historia, Beatriz, la real, estaba a su lado, tan real, y sin embargo sabía tan poco de ella, que empezó a hacerle preguntas sobre su vida pasada, su familia, sus amigos, pero ella eludía aquellas preguntas esquivamente y contestaba con evasivas urdidas en caricias.
Aquella semana transcurrió muy tranquila, nada raro sucedió, el amor hacia Beatriz se había consolidado, enraizado y aquella semana lo confirmó enteramente, su suspicacia desapareció, sus temores se fueron, la calma se instaló en su vida, pero era una calma anticipada, como la que precede a la tormenta.

Cuando el dibujante recibió el duodécimo capítulo y lo leyó, le faltó tiempo para presentarse en la sede del Editor, se enfrentó al guionista, pero este le delegó al Editor y fue este quien le explicó lo que sucedía.
Si bien habían pensado inicialmente en 24 capítulos, el éxito de la historia necesitaba un final, un final apoteósico que hiciese aumentar las ventas hasta el infinito. No podían quemar al personaje y que acabara aburriendo y asqueando a la gente.
Habían decidido que la historia terminase.
-Pero no pueden matarla- dijo el dibujante- No lo comprende, no puedo matarla. Estoy enamorado de ella.
El Editor se rió de sus palabras con estruendosas carcajadas, pero al mirarle a los ojos, vio que no bromeaba y escuchó con detenimiento la historia que aquel dibujante le contaba sobre la aparición de Beatriz y su historieta de cómic. El editor le tranquilizó. Le comentó que aquello no eran más que supersticiones, que él mismo había conocido a Beatriz y que era de carne y hueso, que no tenía que preocuparse de nada y que tenía que terminar su trabajo. Harían una cosa. En compensación a todo aquello, al éxito de ventas de la historia, la redacción se encargaría de correr con todos los gastos de una estancia de una semana para dos personas junto al mar en un hotel de cinco estrellas, y allá junto al mar, en la playa, el dibujante terminaría su historia.

Estaba triste. No quería matar a Beatriz, su dibujo. No sabría hacerlo. ¿Qué pasaría cuando lo hiciera? Beatriz, la real, estaba ilusionada por aquel viaje a la costa. Era extraño, partió sin apenas equipaje. Lo que pueda necesitar, lo encontraré en el hotel y la ciudad, le comentó al dibujante esbozando una leve sonrisa, no te inquietes, siempre suelo viajar ligera de equipaje.
Cuando el dibujante le dijo a Beatriz que quería que estuviese a su lado cuando ella muriese en el papel dibujado, ella sonrió y le dijo : -Pues claro, tonto-
Durante el desarrollo de aquel último capítulo, Beatriz moría ahogada en el mar y las olas arrastraban su cuerpo a la arena de la playa. Mientras el dibujante trabajaba, melancólicamente, apesadumbrado, Beatriz, la real, permanecía a su lado, mostrando una sonrisa afable y cariñosa. No pienso ahogarme, ¿sabes? , -le dijo al contemplar su dibujo sobre la playa, yaciendo muerta. El dibujante trazó con sus lápices la palabra Fin.
Cuando despertó al día siguiente, Beatriz no estaba a su lado, en la cama. Sintió un golpe en el pecho, su corazón latiendo a mil. Gritó su nombre. Ella no respondió. Se vistió sin darse cuenta de lo que se ponía y bajó raudo hacia la playa. Un montón de gente se arremolinaba en la orilla, formando un círculo. El dibujante se abrió paso entre los curiosos. Beatriz estaba allí, tumbada en la playa, pálida, sin vida, muerta, ahogada. Se arrodilló a su lado, tomó su mano y lloró.
Solo, en la habitación del hotel, contempló sus dibujos. Los metió en un sobre, puso la dirección y llamó a un botones para que lo enviara al correo. Aquella última historia era la más bella que había dibujado.
Inconscientemente tomó un lápiz y empezó a dibujar, sin guión, no necesitaba a nadie para escribir su vida, dibujó a Beatriz saliendo del agua, viva, dibujó una nueva historia, un nuevo final para él. Aquello no funcionaría, ya había puesto la palabra Fin. Nada sucedía después de esa palabra. Dejó sus dibujos y salió a pasear bajo un sol radiante. A lo lejos, divisó una figura de mujer. Corrió hacia ella, era Beatriz, sus ropas chorreando en agua, viva. El dibujante la abrazó, se la comió a besos. Le preguntó de donde salía tan mojada, totalmente empapada, donde había estado y ella respondió que había decidido dar un paseo y se había extraviado, y una tormenta de verano le había sorprendido sin encontrar un sitio donde resguardarse, él miró hacia el cielo, ni una sola nube colgaba del firmamento.

Adriana

Adriana

Adriana no quiere ser pintora ni quiere ser Van Gogh, aunque tiene la cara pintada, pintada de blanco marmóreo, ella es poetisa en busca de un lector.

Adriana está más cerca de las estrellas y no sonríe, piensa, rima ripios sin sentido, con pletórica elegancia en su estampa, y por debajo de sus pies, en un atril, descansan las palabras para quien quiera comprarlas, cinco euros es el precio a su arte de nómada trashumante, de cíngara errante y bohemia, de escritora, de poeta.

Adriana es un mimo de la calle, que representa una estatua de un poeta que pretende ser brillante en su arte, y a su vez vende libros que ella escribe, de poesía, que pretenden tener encerrados una obra de gran relumbre y maestría.

Adriana se mece al ritmo de una música imaginaria, se columpia y bambolea acunada por la métrica inconclusa de sus poemas encerrados en papel blancuzco, a la espera de ser liberados, de cobrar vida por un módico óbolo, pues ella no quiere ser Vincent Van Gogh, no quiere ser un pintor que en vida no vendió ni un solo pedazo de su creación, por ello, Adriana, ahora, se sube a una grada, se viste de blanco, se pinta de blanco, se hace efigie de alabastro, se hace mino, se hace poeta de antaño, ya que la poesía parece haber muerto hace muchos muchísimos días, se pinta el vestido de sulfato cálcico, de yeso y embriagada por la musa inspiración, melancólicamente suspira al gran público que la contempla, que mira de vez en cuando, el matiz discordante de una pluma de ave, que en su mano derecha, se dobla cansina en un penacho de hilos negros a la brisa del tiempo.

Adriana está tan alta, tan alta y tan blanca, tan blanca como la luna, es poetisa de quizá lindas palabras, que quieren ser halladas, encontradas, gozadas y encontrar en vida esa fama, gloria y fortuna que el pintor que ella no quiere ser encontró años y años después de fallecer, y es mimo que escribe en el aire con su pluma de ave cienes de frases que nadie ve, que nadie lee, que solo ella sabe.

La poetisa se mueve, no mira, tan sólo piensa en hacer rimas, piensa en ser Alfonsina Storni y en ser Benedetti y a veces también, en ser Roquefeler, pues ella escribe que no quiere ser Van Gogh, que en vida quiere ser criticada, leída, reconocida u odiada, pero sentida, no ignorada y por ello se pinta de tiza, de cal, se sube a un banco de piedra de la calle Mayor, - también empedrada- , y sobre éste una escalinata de madera para estar aún más alta y se vende al mundo, a cambio de unas monedas que no son de plata, Adriana, la poetisa, expresa, divaga, muestra, enseña que ella es poeta.
Mercadea su obra, su libreto de versos por tan solo cinco euros y se hace poetisa allí mismo, ante los transeúntes que expectantes la contemplan, la miran, y quedan extasiados por que la obra es ella, no sus versos, es el poeta, es la talla, la imagen labrada del natural, tan natural, que parece persona humana, no estatua, no mimo.

Si no se moviera , la pluma negra deshilachada, en su mano, los gorriones harían su nido en su pelo, en sus hombros los vencejos y en su pecho el afecto del lector que no lee, que no mira sus versos, que contempla sus ojos distantes, idos, soñando con otros mares, con otros poetas muertos, con pintores de vida errante y violento carácter que pintaban campos de trigo bajo un cielo azul plomo con vuelos de cuervos y es entonces, después de recordar los lienzos del pintor que no desea ser, cuando regresa a su pedestal, deja de soñar, y observa unas cuantas grajillas al posarse en los aleros del tejado que le hacen mirar de nuevo al cielo, emplomado, y comprende que no puede ser Vincent, que puede formar parte de sus dibujos, de sus campos de trigo, pero no ser Van Gogh, no quiere pegarse un tiro en el corazón, no quiere pintar ochocientos cuadros, tan sólo, tan sólo, quizá representarlos.

Ella es poeta, ella es actriz de la calle, vendedora ambulante, creadora de sentimientos, imitadora teatral de actos escénicos al aire libre de la tarde, al paseante, al niño, que sorprendido y boquiabierto mira al cielo para poder alcanzar sus ojos distantes.

Adriana, sobre su basamento artificial, que su largo vestido encubre, está lejana, inaccesible, no hay besos, no hay miradas, no hay caricias, es teatro, un teatro distante, helado, como su mirada, pero ella sabe que la miran, como el soldadito de plomo a su bailarina enamorada, en lo alto del castillo, con ilusiones vanas. Así es Adriana. Una mujer, Italiana, que un día, decidió ser estatua, efigie de poetisa, escritora de versos, escritora de cuentos, actriz, nido de golondrinas sobre las calles, funambulista sobre cable de acero tensado entre los tejados por donde gritan los cuervos.
Ella dice que no quiere ser como Vincent Van Gogh y al ser mimo, ser un poeta sin arte ni oficio, un indolente y apático retrato de si misma, ella, Adriana, baila con su vida, al son de la música de una guitarra imaginaria.
Adriana, ni joven, ni anciana, de expresión soterrada bajo un maquillaje de tiza, estatua de sal al sol del invierno, arropada con ropajes, con vendajes, cual escayola sobre huesos, ella, por fin, lo consiguió:

- Cinco euros y a cambio, un lector compró un librito con versos de amor.

Año 1977

Año 1977

Ese día de agosto de 1977 había amanecido exóticamente lluvioso.
La neblina que las gotas de lluvia provocaban en los cristales le puso de mal humor, un humor de perros, le dolía la cabeza asquerosamente, pero eso no era lo peor, la acidez de su estómago le volvía de nuevo a molestar de un modo sangrante y doloroso.

La vaguedad de los recuerdos de la noche pasada le atormentaban sobremanera. Demasiado alcohol, demasiado, y ahora sobrio y lúcido pero resacoso se preguntaba donde diablos estaba.
Aquella no era la habitación de su casa.

Se incorporó en la cama y al hacerlo le estalló la cabeza cual granada de mortero en campo de batalla, a la vez que se llevaba las dos manos a la testa para mitigar el dolor. Se juró por enésima vez que jamás volvería a beber. Ahora lo que más necesitaba era tomarse un par de aspirinas y un café bien cargado, aunque pensándole bien, quizá esas sustancias hubiesen sido las culpables de su amago de ulcera estomacal, de su acidez y lo que necesitase realmente fuese un sobrecito de sales, pero aquella no era su habitación y no sabía donde buscar.
Llevaba puesta la misma ropa de la noche anterior y un acto reflejo, intuitivo, ¡su dinero!, le hizo llevarse la mano al interior de su chaqueta y sacar su cartera de cuero, ¿le habrían robado? . Recordaba que ese día había cobrado la nómina y llevaba encima gran parte de la paga, todo en billetes verdes de mil pesetas. Cosa curiosa, aquella no era su cartera.

La lluvia había dejado de golpear los cristales.

La abrió y encontró unos extraños billetes, era papel moneda, no había duda, pero con raros caracteres en los que se podía leer la palabra Euro.
Le dolía una atrocidad la sesera y apenas le dejaba pensar.
Deben ser extranjeros, se dijo a sí mismo, pero no llegó a intuir de que país y abrió los bolsillos interiores, desde allá adentro una fotografía tipo carnet pegada a una tarjeta rosa le miraba. Carnet de Conducir.
En el adyacente compartimento, un minúsculo y reducido Carnet de Identidad reposaba del revés, preñado de letras que no era capaz de descifrar sin sus gafas. Con dedos trémulos, extrajo aquel mermado trozo de plástico y le dio la vuelta, una fotografía le sonreía.

- Necesito sales. Mi estómago. Duele. Juro que jamás volveré a beber ni tomar café. Lo juro -.

Volvió a mirar aquellas fotografías, no cabía duda alguna, era él, pero no, no lo era, aquella no era su cartera. Aquellas fotografías estaban trucadas, las habían retocado, le habían añadido arrugas y canas, pero decididamente era él.
Seguía sin recordar que había pasado la noche anterior.
En el rinconcito de su memoria que los vapores etílicos no atormentaban, se puso a reflexionar:

- Esto es una maldita broma de quien yo me sé, tiene gracia, pero como no me devuelva el dinero se va a acordar de quien soy yo, ese se acuerda, a mí quien me la hace la paga – y mientras así cavilaba, observó la habitación y notó que sus gafas reposaban sobre la mesilla de noche, junto a un vaso de agua y una caja de aspirinas. Olvidó momentáneamente su registro, sacó dos pastillas de la caja y se las tragó con un largo sorbo de agua, después cogió las gafas, se las puso y reinició su labor detectivesca.

En los dos documentos figura su nombre, el número del DNI y la firma también eran las suyas, pero la dirección del domicilio que rezaba era la de otra provincia y otra calle de la que nunca había oído hablar y figuraba como fecha de expedición del carnet el año 2000.
Empezó a reirse, sólo fue un amago de risa, pues a la primera carcajada los sesos parecían querer salírsele de la cabeza. - Jodida Resaca, esta es la peor de mi vida, ha sido la última, si te portas bien y no dueles, te juro que no te vuelvo a maltratar más, cabezita mía, deja de atormentarme. Aaaah. – chilló - Te lo juro .

La neblina de los cristales había desaparecido y un sol tenue se dejaba percibir.
Ya no estaba de mal humor, pero si dolorido y mucho. La broma aquella le estaba empezando a alegrar el día. Recordó su serie de televisión favorita, la que estaban emitiendo por la primera cadena, pues en el UHF , en la segunda cadena , apenas si ponían películas, lo más, documentales, era “Espacio 1999” , una serie de ciencia ficción de la que se vanagloriaba ante sus amigos de ser un fan incondicional. Y claro, ahora le estaban gastando una broma con lo del año 2000.
Hizo cálculos, ni más ni menos que 23 años, desde ese 1977 en el que se hallaba hasta el 2000, el año de la broma, siempre había soñado como sería el nuevo siglo. Vaya borrachera más larga, de casi un cuarto de siglo, y se rió para sus adentros.
Broma que se acentuó al ver en otro compartimento un calendario, nada más y nada menos que del año 2004.

La última partida de ajedrez del Rey Blanco

En el juego de ajedrez, la Reina y el Rey se colocan al inicio de la partida, juntos en el centro y atrás, mirando de frente a las piezas oponentes, durante el desarrollo del juego, el Rey, suele enrocar con la Torre, es decir, jugada consistente en mover a la vez el rey y una torre, trasladando el primero dos casillas hacia la segunda y colocándose ésta a su lado, saltando por encima ,la Torre que está en la esquina pasa a ocupar el lugar más o menos del Rey y este se resguarda en la casilla anterior a la de la esquina para ofrecer mayor protección al mismo, ya que en el centro corre mayor peligro de ser atacado al estar más abierta la posición, pues quien da jaque al Rey gana el juego. El Rey solo puede mover una casilla en cualquier dirección, la Reina puede mover en horizontal, vertical o diagonal todas las casillas que sean y estén libres.
...
La última partida de ajedrez del Rey Blanco
...
La Reina blanca se colocó al lado del Rey, como siempre que se daba la recepción en palacio, semejaba a una novia en el día más grande ante el altar. Imponente, regia, marmolínea. Sus ojos eran dos esmeraldas. Sendas diademas de flores engastadas en rubíes adornaban las pulseras de sus brazos y un collar de topacios vestían su pecho. Y en la cintura, un pareo bordado de diamantes. Su largo cabello estaba trenzado con hilos de oro y el vestido de seda fina, inmaculado de blancura, largo y abombado, tapaba unos zapatos de charol levemente desgastados por el uso.
Los zapatos. Era el único detalle delator de su próxima aventura, esos zapatos andarines que habían pisado cienes de baldosas negras y blancas del palacio, pero nadie los podía ver, porque su largo vestido blanco los ocultaba.

Miró hacia el Rey, los zapatos de él estaban impolutos, nuevos, como recién comprados, sin una sola brizna de deterioro, ya que los usaba tan poco para andar. La Reina observó como el Rey blanco empezaba a echar barriga, andaba engordando. Siempre tan sedentario, apoltronado en su silla, viéndolas venir, dejando la lucha para los demás.
El Rey, siempre quieto en su sitio, atrás siempre y para más Inri, al nada de comenzar el baile se retiraba a su esquina preferida a leer un libro, enrocando con la torre y dejaba a la Reina sola y allá ella se las apañara al mando de su ejército.
Rey Cobarde. Huye. Escóndete tras tu almena. Llora como mujer lo que no pudiste defender como hombre.

Y si el ejército enemigo rompía sus murallas, el Rey huía, era la única vez en que se movía, su miedo, su cobardía y no el valor eran los que le impelían a salir de su escondrijo al ser forzado, y de tan gordo se estaba poniendo que lo hacía pasito a pasito, baldosa a baldosa, cuadro a cuadro. Blanco y negro.
La pieza más inútil del tablero y sin embargo él se consideraba el valedor, el prepotente dueño del juego, el señor de sus vasallos, el vencedor del torneo, pero no, no lo era, siempre andaba ajeno al juego, escondido en rincones cual rata asustada.
Señor de sus vasallos, Ja.
La Reina lo era, ella si.
Y el Rey tan sólo, tan sólo era, de darse el caso, el perdedor del juego y del torneo y no existía más humillación que ser dado muerte por un simple y paria peón negro enemigo.

Las piezas enfilaban el campo de batalla, todas pulcramente colocadas en sus cajones de salida, mirando con odio las oscuras figuras del otro lado del océano lleno de cuadrículas blancas y negras que les separaban y que a su vez mostraban los dientes en un rictus de desafío y guerra.
Jaque al Rey. Jaque a la Reina. Sin tregua, sin tablas.

Y hoy, la Reina, valedora de si, enérgica y henchida de orgullo y rabia se rebeló.
Dijo basta.
Rompió el protocolo de alineación, de miradas al frente, hacia las líneas enemigas y se giró media vuelta hacia al Rey para cantarle las cuatro verdades.

Me cuesta tanto decírtelo a la cara –habló la Reina blanca- no aguanto más, así no juego, sigue huyendo siempre a tu rincón, yo lucharé sola con mi gente, con la que tú crees que son tus guerreros y te equivocas, no lo son, son muros tras los que te escondes, yo así no juego, ya no siento bailar un gusano en mis tripas cuando te veo a mi lado ya que sé que la rutina, cuando las cosas se pongan feas, te irás a tu rincón e interpondrás una torre entre tú y yo y dejaremos de sentirnos, tú, tranquilo, alzarás tu cabeza por encima de tus peones, de las murallas y me verás batallar contra el enemigo y yo no tendré tiempo de pensar en ti. Estaré ocupada en batallar, en vivir el juego, en luchar por ti, y tú, mi Rey, callado, paralítico, observador. Inútil.

Ante estas palabras, al Rey blanco se le formó un nudo en la garganta, una congoja recorrió su ser, intentó girar la cabeza para mirar a la Reina, pero el protocolo se lo impedía, un Rey siempre debía respetarlo, pero no pudo evitar temblar y … la corona resbaló de su cabeza y con estruendo de mármol cayó al suelo.
Rey sin corona. Rey sin Reina. Rey sin Reino.

Las piezas negras enemigas del otro lado del tablero emitieron una sonrisa tan burlona y con tal agravio en sus formas que el Rey cerró los ojos para no verles.

Las blancas habían perdido la primera batalla antes de empezar a jugar.

El caballero alfil de Rey, presuroso, tomó la corona de los pies del Rey y pidiendo ayuda al caballo blanco de Rey, aupose a su grupa y colocó de nuevo la corona de mármol sobre la cabeza del Rey. Se había despuntado en una de sus cruces, pero qué importaba aquello ante la vergüenza y escarnio provocado por la caída de su insignia, de su báculo, de la representación de su poder de monarca.
Alfil y caballo volvieron a su puesto en la fila.
El Rey blanco ni siquiera osó dar las gracias, era un Rey.

Rumiaba por dentro las palabras de la Reina, la cual, habiéndolo observado todo, sintió pena por aquel Rey blanco blando y torpe, pero se la habían ido las ganas y la ilusión de volver a verle, así pues, volvió a girarse media vuelta hacia el enemigo y al verles sonreír irónicamente ante lo que parecía ser una debilidad de un Rey pusilánime y sin clase, su rabia creció y creció y creció. Y deseó que el juego empezara ya.
¡Venganza!. ¡Venganza!. Clamaba la Reina venganza.
Nadie osa reírse de nosotros así sin recibir un castigo.

Y ordenó al peón de Reina que avanzara dos casillas. El juego había empezado. En los primeros movimientos, el caballo y el alfil de Rey blanco se movieron, dejando el camino abierto para que este enrocara con la torre y se retirara a su rincón protegido a leer un libro y permanecer de comparsa en la guerra, pero el Rey se negó a hacerlo, se mantuvo imprudentemente en el centro del tablero.
Vamos, majestad, - insistía la torre- refugiaros tras mis muros, buscad la seguridad.
Pero el Rey permanecía impasible al lado de la Reina.

Y llegó el momento en que ella creyó oportuno atacar, era aún demasiado pronto, un suicidio, pero no soportaba ver la sonrisa irónica y burlona de las piezas negras dibujadas en su rostro y debía darles un escarmiento.
Caballo negro come caballo blanco, Reina blanca come caballo negro. Atacó a un caballo negro y ya no pudo volver a su lugar, la lucha sería encarnizada.
Y paso a paso, poco a poco, fueron muriendo piezas de mármol sobre el tablero en un juego de poder y el Rey blanco, imprudente kamikaze, osado, herido en su dignidad, rabioso, avanzó un paso, luego otro, y otro y dejó la seguridad del fondo del tablero acompañado por un simple peón.
La Reina le vio indefenso y acudió presurosa a su lado, la Reina negra entonces atacó y jaque a la Reina.
Adiós, le dijo, ahora ya no habrá damas sobre el tablero, Reina negra come Reina blanca, Rey blanco como Reina negra.
Y el Rey jugó en el centro del tablero y actuó de ariete atacante sobre el enroque del Rey negro.
La Reina blanca, desde fuera del campo de batalla, le observaba orgullosa, le miró los zapatos, los tenía sucios y manchados y a toque de trompetas atacó el flanco enemigo, rompió las defensas y se presentó ante el Rey negro con un peón.
Jaque mate.
Podría haber sido él, él mismo quien atrapara al Rey negro, pero aun recordaba su sonrisa irónica y mandó a su peón atraparle, era la peor de las humillaciones para un Rey, ser comido por un simple paria de peón.
La Reina blanca aplaudió, volvió a entrar al tablero y abrazó al Rey, diciéndole: Así es como quiero que juegues. Así si juego.

La luz de la sala se encendió, todas las figuras volvieron a su estado pétreo inmóvil, a su estado de figuras talladas en mármol, sin vida, sin espíritu de batalla propia.

- Qué raro es esto –dijo una voz- juraría que este Rey no tenía antes la corona rota. No importa, no hay tiempo de cambiarlo, no creo que se note mucho. Los participantes del torneo de ajedrez están a punto de llegar, mañana lo cambiaré por otro Rey blanco.

La ciudad de las cigüeñas

1.- Recordando a “i griega”

Empezó a golpear la pared rítmicamente. Se sentía tan oprimido allá adentro y tan agobiado que el martillo que estaba usando le parecía ridículo. Estaba muy oscuro. Se estaba empezando a poner nervioso y una sensación de claustrofobia empezó a invadirle. Su corazón latía deprisa. Sus esfuerzos no daban el resultado esperado. Sus recuerdos estaban atrofiados, perdidos, no sabía cuan largo era el periodo que llevaba allí dentro, había perdido el sentido del espacio y del tiempo, desorientado y aturdido lo único que su cerebro le indicaba de forma consciente era que tenía que seguir golpeando aquella pared para salir de su encierro, de aquel cuchitril en el que apenas si podía moverse.

Era igual que tuviese los ojos abiertos ó cerrados, la oscuridad era total, tan tenebrosa cual lúgubre mazmorra de tiempos pasados, ni un solo ápice de claridad se filtraba por ninguna rendija. Oía un leve rumor proveniente del exterior, murmullos, y sabía que algún día tendrían que escuchar sus ruidos, sus golpes, y sacarle de aquel encierro no autoimpuesto.
Y siguió golpeando. Y escuchó un crujido adentro.

¡La pared se empezaba a agrietar!.

Redobló sus esfuerzos con inusitada alegría, intuía que la grieta iba creciendo, que el mundo exterior estaba en sus manos y golpeó fuerte, más fuerte. La grieta se hizo agujero, un minúsculo agujerito del tamaño de un grano de arroz por el cual penetró una ráfaga sutil de aire tibio y de luz solar. Ya no pudo parar. Cansado, pero animado por aquel éxito, golpeó sobre el agujero una y otra vez, una y otra vez, y este fue creciendo de tamaño, pasando de arroz a garbanzo, de garbanzo a cereza, de cereza a huevo de gorrión.

Y entonces paró. Estaba extenuado por el esfuerzo.

Desde la posición en la que se encontraba, le era imposible mirar a través del opérculo abierto, no podía girarse, seguía igual de aprisionado, lo intentó, intentó moverse para escudriñar por la abertura, pero fue del todo imposible, estaba tan oprimido allá adentro como sardina en lata y se preguntó cómo y con qué había estado golpeando aquellas cuatro paredes en las que estaba aprisionado, si apenas era capaz de moverse, pero lo cierto era que él había abierto ese agujero y que cuando descansara un ratito, seguiría agrandándolo hasta escapar.
Como su cuerpo seguía pegado a las paredes, la luz que intuía y el ruido del exterior, quedaban mitigados y apenas percibía datos que le indicaran donde se encontraba.

Una imagen borrosa se formó en su mente, un recuerdo, una figura de mujer tomaba cuerpo en sus pensamientos, y aun antes de materializarse, de otro rincón de su cerebro surgió una palabra, Andrea, y esta, por asociación de ideas, le llevó a “y” (i griega), él la llamaba así, y ella al principio se enfadó, pero terminó por aceptarlo y ahora, si en algún momento especial, por alguna circunstancia, él la volvía a llamar Andrea, ella casi no se reconocía. Todo surgió cuando él empezó a abreviar su nombre y a decirle And en vez de Andrea y más tarde su transcripción del ingles al español terminó por convertir “And” en “y” y esta en su forma fonética, en su sonido de “i griega”. Ahora Andrea era “i griega”.

Era curioso, ahora ya no le importaba tanto el salir de allí como el recordar parte de su vida, y sin embargo tampoco podía hacerlo. No recordaba nada, solo a Andrea, a “i griega”, lo demás era un espacio en blanco en su mente, sin recuerdos.
Pensó que el cansancio provocaba aquello y un poco más tarde su cuerpo y mente cayeron en el letargo del sueño.

Cuando tomó conciencia de nuevo, la imagen de “i griega” seguía viva y eso le dio alas para seguir golpeando la pared, a ritmo vivo y decidido. Notó que por encima de su cabeza algo estaba cediendo, desde el agujero, -del tamaño de huevo de gorrión -, se había abierto una grieta que lo rodeaba completamente y parecía a punto de ceder, un esfuerzo más y …

¡ Estaba libre ¡ ¡Por fin lo había conseguido ¡

Su cabeza y sus hombros estaban en el exterior, el techo de la pared donde se hallaba encerrado había cedido. Abrió los ojos y vio las estrellas en el cielo formando una figura de mujer, la de Andrea. Siguió forcejeando para salir al completo de aquel encierro y al cabo de un tiempo, que se le hizo eterno, logró tener su cuerpo fuera de aquella prisión.
Apenas se mantenía en pie, sus músculos, atrofiados por el confinamiento, apenas le respondían, se bamboleaba como una marioneta y terminó cayendo al suelo, un suelo de trozos de madera formando una empalizada.

Pensó que se encontraba fuera de la ciudad, en algún rincón apartado y oculto, en alguna cabaña perdida en medio de un bosque de leñadores. Intentó un último esfuerzo y se acercó a la empalizada exterior, se puso de pie y miró hacia abajo.
Desde allí contempló las luces de la ciudad, contempló sus edificios, sus calles, la plaza en la que tantas veces había paseado cogido de la mano de “i griega” , algún paseante noctámbulo, algún vehículo perdido que circula por las calles en la noche.
Nunca había visto la ciudad desde tan arriba, era distinta, ¿hermosa?, no, no sabría calificarlo, distinta, eso si, diferente, de otra forma. Otra perspectiva. Y de noche presentaba un aspecto algo triste y solitario, silencioso, a pesar de las luces y las sombras.

Creyó estar muerto y creyó mirar la ciudad desde el cielo, desde un Edén perdido, ó desde el Olimpo de los dioses Greco-Romanos, ó inclusive, desde el mismísimo infierno de Dante.

Se asomó un poco más al borde de la empalizada. Ya había aprendido a dominar más mal que bien su cuerpo y se dio cuenta de lo que ocurría a su lado y del lugar donde estaba.

-No puede ser – dijo – estoy soñando.

Y volvió a mirar hacia abajo de nuevo, cerrando y abriendo los ojos, intentando restregárselos con sus manos, pero no pudo, y lo cierto era que esta vez ya no había ninguna duda, y en un breve instante, en un transcurrir de milisegundos, en un transcurrir de un relámpago, ó de un flash de cámara de fotos, lo comprendió todo…

¡Estaba dentro de un nido de cigüeñas, encima de un campanario!

2.- Aprendiendo a conocerse

Y eso no era todo…

¡Era una pequeña cigüeña recién salida del cascarón! .

Se olvidó de la ciudad que dormía a sus pies, se olvidó del cielo lleno de estrella y de la imagen de “i griega” perfilada entre ellas, ahora solo tenía ojos para él, para su cuerpo de ave, sus plumas cubriendo su cuerpo, sus largas patas anaranjadas, su pico puntiagudo … ¡su pico¡, ese fue el martillo que había usado y la pared de su celda no era más que el cascarón del huevo donde estaba encerrado.

¡ Es de locos¡ ¡Me he vuelto enajenado¡

A su lado contempló otros dos huevos aún intactos y entonces escuchó el batir de unas alas a su espalda y una cigüeña enorme, haciendo malabares, posándose cuidadosamente sobre la plataforma del nido para evitar atropellarle.

¡Decididamente me he vuelto loco! ¡Alguien me ha echado matarratas en el café de la mañana!

Mamá cigüeña ó papá cigüeña, vete tú a saber, depositó sobre el nido una cosa larga y fría que aun se movía a golpe de espasmos nerviosos, y allá sobre la plataforma del nido, lo deshizo a picotazos, lo volvió a tragar y acercando su pico a mi cabeza, a mi incomprensible pico, que permanecía abierto, de forma absurda, en busca del suyo, y al fusionarse ambos, con mi inconcebible colaboración, regurgitó la comida en mi estómago.

Durante ese momento había dejado de ser yo, era una cigüeña, no pensaba como hombre, como humano, actuaba como ave. Era como si tuviese doble personalidad, doble alma, a veces de persona, a veces de animal. Caía en periodos de tiempo, en lapsus tales en los cuales olvidaba que era hombre, pero cuando volvía mi ser y me miraba y contemplaba donde estaba y quien era y en lo que me había convertido, unas lágrimas invisibles rodaban por mis ojos.

Pasaron unas horas, en las cuales mis recuerdos de ser humano venían y se iban, era como dormir y despertar unos minutos más tarde para tomar conciencia y volver a dormir, en un continuo ir y venir de sueños y despertares. Unos despertares que duraban tan solo unos minutos y en los cuales no era capaz de razonar.
Tan solo pensaba que estaba soñando ó que había perdido la razón. No sé, que tal vez estaba ido, borracho ó drogado y atiborrado de pastillas ó alguna sustancia alucinógena vertida en el vaso de la bebida, llegué a pensar en mil cosas, a la cual más absurda la una que la otra.

Antes del amanecer, el bullicio cobró ritmo al pie del nido, la ciudad había despertado, desde mi campanario veía el movimiento de puntos humanos, de vehículos, de voces, de seres como yo…, ¡Dios¡ ¡No¡ ¡Como yo no¡ .
Se movían en un constante ir y venir. Primero los madrugadores que se desplazaban a otras localidades, luego los trabajadores de las zonas aledañas, los niños al colegio con sus madres, y a media mañana, los ancianos tomando el sol en la plaza, paseando despaciosamente fuera de la sombra de los Arces, de los árboles del plátano, que bordeaban longitudinalmente toda la plaza en la tibia mañana de abril, ó sentados en los bancos de piedra, ó mirando escaparates en los soportales.

Mis dos supuestos hermanos habían horadado su huevo y ya estaba también fuera.
Eramos cinco en la familia. Papá y mamá cigüeña y mis dos hermanos.
¡ Pero que estupideces digo ¡ ¡Yo no formo parte de ninguna familia de cigüeñas ¡.

No sé que ha pasado, ni que hago en este cuerpo extraño, pero cuando despierte me reiré de todo esto tan fuerte que entonces si les daré la razón para tacharme de loco.

Y al otro lado, sobre el ayuntamiento, otros dos nidos de cigüeñas y más allá, sobre el torreón adyacente a la capilla del Oidor, otro, y más allá otro, y más allá donde no era ya capaz de ver, otro y otro y … era la ciudad de las cigüeñas.

Pero esa no era mi ciudad. Mi ciudad estaba abajo, a mis pies.

Me debatía a preguntas inútiles mientras contemplaba el devenir del mundo, y miraba las figuras de las personas, a las que ya empezaba a reconocer como asiduas a la plaza, por su trabajo ó su ocio: El policía municipal a la puerta del ayuntamiento, el barrendero, el jardinero, la chica del quiosco de información turística, el abuelo paseando el carrillo de su nieto, la guía turística rodeada de un corro de personas, etc., un sinfín de variopintos personajes que circulaban por la plaza.
Mientras les observaba, las horas y los días pasaban, mis plumas crecían despacio pero sin pausa, mi cuerpo también, ya daba saltos, junto a mis hermanos sobre la plataforma del nido, extendía mis alas y daba brincos, intentando permanecer sujeto en el aire.

Seguía teniendo instantes de lucidez y otros no recordaba nada, pero seguí evolucionando en el cuerpo de un ave, y era tal mi estado que cuando volvían mis recuerdos de una vida pasada como persona, quería olvidarlos y ser ave para siempre, no quería atormentarme más con absurdos recuerdos de alguna alma errante perdida en un cuerpo de cigüeña.
En uno de esos momentos de lucidez humana, al mirar hacia cualquier parte, vi que estaba fuera del nido, unos metros más allá, sobre la torre del edificio adyacente. Aquello sólo tenía una explicación, ya había aprendido a volar, mis alas ya me sostenían en el aire. De alguna forma me sentí feliz, libre, independiente, a pesar de estar encerrado en el cuerpo de una cigüeña.
Pero aquella felicidad duró un segundo nada más, pues allá abajo, moviéndose en la plaza, entre la gente, creí verla por un instante, era la inconfundible figura de “i griega”, estaba seguro que era ella, había cruzado la plaza desde la calle Mayor hasta ir a perderse por entre la calle Libreros.

Batí con fuerzas mis alas, quise volar y seguir tras de ella, pero aun tenía miedo, el precipicio que se extendía allá abajo era enorme y no estaba preparado aun para dar un garbeo por los aires. Al principio había pensando en Andrea muchas veces, en los recuerdos que tenía de una vida juntos, de nuestro amor, pero había decidido olvidarlo, olvidarme de ella, olvidarme de esos ratos en que regresaba a mi mente atrofiada de ave unos recuerdos que no tenían sentido, y sin embargo, ahora, cuando ya había a duras penas logrado apartarla de mi, aparecía de nuevo a hurgar en mi herida.

La maldije por ello, me maldije a mi mismo.

Mis recuerdos de humanidad iban perdiendo consistencia con el paso del tiempo, ya eran menos nítidos, y volvían muy de tarde en tarde, excepto cuando creía ver entre la gente a alguien con la figura de “i griega” paseando por la plaza.

Pasaron los días, ya era capaz de volar hasta el otro extremo de la plaza, y visitaba a las otras cigüeñas de la torre del ayuntamiento y doblaba la cabeza hacia atrás a la vez que entrechocaba el largo pico anaranjado produciendo un saludo sordo y movía las alas en reconocimiento a mis vecinos de al lado.
Mis padres, uf, cada vez me sonaba menos raro esa palabra, mis padres. Mis padres seguían alimentándome allá donde me encontrase, pero poco a poco fui extendiendo mi radio de vuelo, fuera de la plaza, más allá.

Me sentía flotar en el aire mecida por las corrientes cual cometa manejada desde el suelo por un niño, era muy agradable esa sensación de plena libertad, de ver la ciudad de las cigüeñas empequeñecida a mis pies. Y cuando no era pájaro, sino que era un recuerdo de hombre, solía sobrevolar la casa en la había compartido momentos de felicidad con Andrea, con mi “i griega”, a pesar de que mi yo interior decía que debía olvidarla para siempre y en esos revoloteos, pude verla con nitidez en un par de ocasiones, y la melancolía se adueñaba de mi corazón y dolía, dolía mucho.

3.- Sultán.

Había pasado un mes desde que me asomara por primera vez desde lo alto del campanario, ya apenas pisaba el nido de mis padres, me entretenía en buscar comida por los basureros de la ciudad, en aprender a cazar pequeñas culebrillas o ratones de campo, ¡eran tan escurridizos!, y a volar cada vez más lejos, a conocer pueblos nuevos, lugares alejados de la plaza, y alguna vez sobrevolaba su casa, cuando olvidaba mi condición de cigüeña y regresaba mi humanidad.

Aquel día la seguí desde el aire, dando vueltas sobre su cabeza, era domingo, había aprendido a distinguir los días de la semana por la diferente actividad de la gente en la plaza, llevaba a su lado a Sultán, nuestro perro, un pastor belga de precioso pelo largo, ¡Nuestro perro¡, aun le llamo nuestro perro.
Pensé que le sacaría a pasear al lugar donde siempre le llevábamos, pero tomó un rumbo diferente, se metió entre las calles de la ciudad y …, si, no podía ser otro lugar, era el camino del cementerio. En la puerta, compró unas flores y se adentró en el campo santo, entre las tumbas.

Mi consciencia de humano se alargaba extrañamente en este día, no solía permanecer ya tanto tiempo, sólo unos minutos, para regresar a su estado primitivo de cigüeña, pero hoy seguía viva más allá de lo imaginable, y yo quería que siguiera. Me posé sobre la tapia del cementerio, observándola, mientras Sultán corría pacíficamente unos pasos más adelante.
El perro, al llegar ante una tumba, se detuvo, se sentó, volvió la cabeza hacia Andrea y dio un ladrido. Ella también se paró ante aquella tumba.
El comportamiento de Sultán al detenerse ante aquella lápida me hizo pensar que no era la primera vez que lo hacía, tal vez había acudido muchas veces allí con su dueña. Y sin embargo, yo recordaba que ella odiaba esos lugares, le temía a los cementerios.

Sentía una curiosidad infinita y aleteando, me acerqué a ellos, revoloteé a su alrededor, mientras contemplaba como “i griega” depositaba las flores sobre la piedra. Me acerqué más planeando me posé sobre el suelo, en el camino, muy cerca de ellos.
Sultán, al verme, emprendió una veloz carrera, ladrando, amenazante.
Asustado, volví a emprender el vuelo justo a escasos metros del alcance de sus afilados colmillos, y me posé más cerca de la tumba, sobre la cruz de piedra de otra lápida adyacente.

Andrea miraba entre divertida y curiosa la escena entre Sultán y la cigüeña.
-Quieto, Sultán, quieto-la oí decir- No es mas que una cigüeña.

Desde mi atalaya miré a Andrea, seguía igual de hermosa que como yo la recordaba, así, de tan cerca, mi corazón dio un respingo al contemplarla.
Ella se acercó a mí, curiosa. Yo miraba la lápida sobre la tumba, no tenía ninguna duda de que allí aparecería mi nombre escrito, pero quería ratificarlo y así fue, medio cubierto por las flores, mi nombre, el de la parte humana que ahora habitaba en aquella cigüeña estaba escrito en aquella tumba.

Nunca había creído en espíritus, fantasmas, diablos ó seres sobrenaturales, siempre había sido un agnóstico que hacía preguntas, que creía en la ciencia y que aquello que no comprendía y no tenía explicación no intentaba darle sentido divino, simplemente pensaba que los conocimientos que poseía la humanidad hasta entonces no era lo suficientemente avanzado para darle una explicación, pero que debería haberla, fuera de los cauces de los mundos espirituales.
Pero ahora ya no sabía que pensar. Mi tumba estaba allí, yo estaba muerto, pero sin embargo estaba en el cuerpo de una cigüeña, y pensé en otras culturas y otras religiones, en las historias de reencarnación de las almas, para inmediatamente, mi parte lógica y racional traer a colación una palabra que siempre me había hecho gracia … ¡Paparruchas¡ ¡Paparruchas¡.

Andrea se había acercado tanto a mí, que casi notaba su corazón palpitar, la note asombrada de que yo no huyese y la vi extender su mano hacia mi cuerpo, con sus dedos acarició mis plumas, pero no sentí nada, mi cuerpo de cigüeña no percibía sensaciones.
Me sentí tan feliz a su lado. Cerré los ojos para percibir su esencia y los volví a abrir en seguida para comprobar que no había desaparecido, que “i griega” seguía a mi lado, pasando sus manos sobre mi insensible plumaje, ajeno a toda sensación, a todo tacto.

Un traicionero golpe me derribó al suelo, sentí un dolor enorme, un cuerpo encima del mío, unos dientes desgarrando mi organismo, y vi a Sultán ladrando y enloquecido, dando dentelladas sobre mi largo cuello, y sus patas enormes encima de los huesos de mis costillas y sentí la voz de Andrea gritar y la vi agarrándole del collar, tirando de él hacia atrás, pero Sultán no quería soltar su presa, no quería soltarme, desgarraba mis plumas, movía frenéticamente la cabeza a izquierda y derecha destrozando mis venas, mis arterias, mis músculos.

No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado, estaba como contemplando una escena desde fuera, veía a una cigüeña llena de sangre, tirada en el suelo, a una mujer que sujetaba a un perro que ladraba furiosamente y al que había logrado apartar del ave, pero yo ya no estaba en ningún sitio, ya no formaba parte de ningún cuerpo, estaba como flotando.

Sultán se había calmado, aparentemente, miraba el cuerpo sin vida de aquel otro animal y dio un último ladrido, luego se calmó del todo.
Andrea le regañaba de forma enérgica, el perro se sentó en el suelo y como avergonzado, escondió su cabeza entre sus patas, no era capaz de distinguir si lo que el perro sentía eran remordimientos por su acto ó era miedo y temor por los gritos de su dueña.

Yo observaba la escena, pero no sabía desde donde, desde arriba, desde algún sitio, fuera de todo, sin ubicación, como un fantasma en los que jamás creí, pero que ahora ya no sabía que pensar, ya no estaba confuso, ya no era ningún alma encerrada en una cigüeña, era como cuando juegas a salir de tu cuerpo y a contemplarte a ti mismo desde el otro lado, y no obstante me sentía bien, como un espectador, un observador que mira y que no interviene en el juego y que por tanto tampoco puede contribuir a decidir quien es el vencedor.
Aquello duró breves minutos y … luego nada, absolutamente nada, todo había desaparecido.

Cuando tomé consciencia de mi nuevo estado, del acto que acababa de realizar, pude oir de nuevo la voz de Andrea diciéndome:

- ¡Para ya! ¡ Estate quieto! ¡Deja de lamerme la boca ¡ ¡Deja de lamerme los labios, Sultán!